Soledad

Dios ha pasado

dejando su creación

sobre mis manos

 

y no vuelve

 

los brazos me están temblando

y no sé dónde apoyar

mis codos.

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Los días de un narrador

Se había propuesto contar la historia de un hombre que quiso contar su propia historia, y no llegó a escribir más de cinco líneas. La historia de un narrador frustrado.

El final no lo tenía muy claro. Sabía que el hombre ante su fracaso se rindió y abandonó la idea; para nuestro narrador, sin embargo, este final era muy simple, el lector siempre espera un final diferente, decía; y aunque necesitaba afinar varias cosas, había pensado por ejemplo, llevarlo al límite y que termine en el suicidio.

Era sólo una posibilidad, desde luego, porque lo otro era hacer que pierda el juicio y termine, no como el ingenioso hidalgo, sino en una esquina de la ciudad, improvisando historias para transeúntes distraídos, a cambio de unas monedas.

Lo importante, decía, es que tengo el argumento y puedo empezar cuando quiera; el final ya vendrá al final.

También había pensado no revelar el nombre de aquel individuo, sino limitarse a describir sus características físicas, el lector que le ponga el nombre que quiera, decía. un escritor

Un día mientras caminaba por la calle se le ocurrió, incluso, que debía cambiar algunos elementos de su aspecto físico, darle un toque de ficción, dijo. Y pensó en alguien de barba cerrada, de anteojos gruesos con marco oscuro, de nariz afilada y cabello cano. Seguro después cambiaría ciertas cosas y agregaría otras; el punto era que su personaje asuma desde un principio el aspecto de un intelectual moderado, alguien que mira siempre de perfil a la hora de expresar sus ideas y camina por una calle recta, puesto un pullover oscuro de cuello alto; un individuo fácil de llevarlo a la cúspide, dijo, para luego remover la base de su éxito forjado y hacerle caer en el hoyo.

Con estos datos bajo la manga, se sentó frente al ordenador y trató de  establecer un esquema. Esto de establecer esquemas no iba muy acorde con su modo de actuar, a él le gustaba hacer las cosas de manera espontánea, dejando que aflore el espíritu libre, decía; pero era la recomendación que había escuchado de más de un erudito, y ésta (posiblemente) iba a ser la obra que encumbraría su carrera literaria; así que, asumió el reto de sentarse y planificar un poco.

En la página abierta enumeró del uno al cinco; y por un minuto se quedó mirando la pantalla. Los números uno debajo del otro, se agitaban con ese movimiento casi imperceptible del equipo, parecían una pequeña hilera de hormigas en medio de la nada. De la caja que tenía en el escritorio sacó entonces un cigarrillo, lo llevó a la boca, y le acercó después el fuego, sin dejar de mirar la pantalla. Esto del cigarrillo, tampoco iba acorde con su modo de actuar, él fumaba muy ocasionalmente; sin embargo, en este momento supuso que lo necesitaba. Después de pegarle un par haladas, escribió seguido del 1.- Acaba de graduarse en la facultad de letras, tiene 25 años, es soltero y quiere escribir como Vila-Matas… Se reclinó en el espaldar de la silla, terminó de fumar el cigarrillo.

Luego se dio cuenta que aquellos datos se parecían mucho a los de él. El hombre cuando se propuso escribir su propia historia tenía 45 años, estaba casado, y no quería escribir su propia historia como Vila-Matas, sino como Neruda; así que, lo suprimió sin dudarlo.

No debo alejarme demasiado de la realidad, pensó después, y fumó otro cigarrillo.

Finalmente guardó el documento con los cinco números vacíos, en el escritorio, y apagó el ordenador. Se puso el pullover oscuro de cuello alto que casi nunca lo había usado y salió a la calle.

En la noche se encontró con unos amigos del Club en El Café de la plaza. Les contó ligeramente lo que pensaba escribir, y a todos les gustó la idea. Uno de ellos dijo: esto merece celebrarlo, y puso su casa a disposición. De lo que pasó después, aquella noche, nuestro narrador solo recuerda las dos primeras horas, luego él supone que continuó allí, porque cuando despertó estaba tumbado en el sofá, envuelto en una mezcla de olores confusos, y era las diez de la mañana.

Pasó algún tiempo para que volviera abrir el archivo. Los cinco números que antes escribió seguían ahí, vacíos. Sin pensarlo esta vez, seguido del 1.- escribió: tiene 45 años, una mujer y dos hijos, y quiere contar su propia historia… Seguido del 2.-: trabaja como vigilante en un edificio, conoce los detalles de la vida de las 24 familias que viven allí… y se detuvo (…) Luego se levantó de la silla. Miró al vacío a través de la ventana. Aunque estaba despejado comenzaba a llover. Era un día de esos que el clima sufre–digamos–una especie de conflicto en su comportamiento.

Después llamó por teléfono a uno de sus amigos del Club, y le contó sobre las dificultades que enfrentaba a la hora de establecer el esquema; a lo que éste le respondió: escribe como te sientas cómodo, Vargas Llosa no siempre tiene la razón. Y algún tiempo después, decidió poner en práctica aquella sugerencia:

Su vida no era otra cosa que una amalgama de conductas ajenas, pero es lo que pasa  cuando llevas veinticinco años trabajando en el portal de un edificio, conviviendo con familias diversas, haciendo cosas que nunca quisiste hacer; y un día, sin darte cuenta, olvidas que eres tú, y actúas como un desconocido; cuando quieres volver a lo tuyo, ya no puedes, porque ni siquiera recuerdas cuál fue tu punto de quiebre…

Sin duda era un buen comienzo y estaba feliz, la descripción encajaba perfectamente con las características de aquel hombre; pero sobre todo, había logrado salir del lío en que resultó envuelto por querer establecer un esquema; ahora pensó que debía esperar a que madure la idea, y mientras tanto salió a la calle a buscar a sus amigos del club para celebrar con ellos este acontecimiento.

Mientras iba por la calle, en medio de la luz artificial, ya podía percibir su éxito en el ambiente, los miles de ojos puestos en su rostro, preguntándose, cómo puede un hombre tener tanta imaginación, a la vez que él se desplaza en medio de la multitud, puesto su pullover oscuro de cuello alto, que hace juego con el cerco de sus lentes (…) Con los dedos se peinó el mechón de cabello que cayó de repente sobre sus ojos, y siguió hasta el Café de la Plaza.

Esperó a sus amigos por más de dos horas, sentado en el fondo del local, y éstos nunca llegaron; después de su tercera taza de café, fue al baño, y en el espejo que está junto al lavabo, se vio de cuerpo entero; casi no pudo reconocerse, tenía el rostro como el de un señor de 55 años, además el cabello cano; trató de ocultarlo con los pocos mechones de cabellos oscuros que le quedaban, pero fue inútil.

Al salir le dio las gracias a la camarera, y caminó hasta la esquina; allí se quedó en suspenso, y después de varios minutos balbució cómo pensaba seguir escribiendo la historia del aquel hombre, pero sin darse cuenta, lo estaba haciendo en voz alta.

Un transeúnte que en eso pasaba por la acera, se quedó mirándole a los ojos, frunció el ceño en gesto de compasión, al tiempo que le puso en la palma de la mano unas monedas.

 

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Una calle cualquiera

En las ciudades hay cosas que son criticables: el ruido, el desorden en el transporte público, y si eres amigo o simpatizante de la conservación ambiental, más aún; dan mucho de qué hablar. Sin embargo, existe algo que desde mi punto de vista no deja espacio a la crítica sino al elogio, a la glorificación; y es una pena que nadie lo haya tomado en cuenta hasta hoy, o por lo menos NO, como se merece. Hablo de los avisos publicitarios y de información que se encuentran en calles y avenidas, a orillas de una autopista, sobre el dintel de la puerta de un negocio cualquiera, y algunas veces, en las azoteas de los edificios.

Explorando en la red, “googleando” como dicen los jóvenes de hoy, con respecto a la historia de los anuncios publicitarios en calles y avenidas, nos damos cuenta que no es cosa de hoy, que la publicidad tienen una tradición milenaria. La muestra de ello es la historia del papiro que fue encontrado entre las ruinas de la ciudad Egipcia de Tebas, escrito y publicado hace 5.000 años, y que se conserva en el British Museum de Londres. En dicho documento, un comerciante denuncia la huida de un esclavo y ofrece una recompensa a quien lo encuentre; pero además, este buen hombre, aprovecha la ocasión – lo cual es propio de los hombres de negocios – para anunciar su tienda de telas con la frase “quien lo encuentre, lo devuelva a la tienda de Hapú, el tejedor, donde se tejen las más hermosas telas al gusto de cada uno”.

Desde luego, todo ha ido cambiando con el paso del tiempo. Ahora, difícilmente podría encontrarse publicidad en papiros. Para bien o para mal, la publicidad tiene otros medios que no viene al caso hacer un recuento, lo que no ha cambiado aparentemente es el ingenio, la creatividad, tanto en el caso del comerciante que anuncia su tienda de telas en el papiro, como en los medios que usan los actuales anunciantes.

Sé lo que está pensando la mayoría de ustedes, y antes de que envíen este texto a la basura, permítanme explicarles cuál es mi punto. Hace algunos años, de paso por una ciudad del sureste peruano, una ciudad fría – en el sentido literal de la palabra – pude descubrir uno de esos avisos que bien puede hacerse acreedor de mil elogios, y además, servirnos de ejemplo. Se encontraba arriba del dintel de una puerta de madera de color marrón, sobre una base de metal, plateada, las letras en color rojo oscuro se leían:

ALTA PELUQUERÍA EL GOLFO PÉRSICO

Veamos. En principio, es de sospechar que el dueño de esta “alta peluquería” es un hombre que conoce, y bastante bien, la historia de Medio Oriente. Es decir, nos encontramos ante un peluquero culto y excepcional, digno de reconocimiento público; puesto que, es difícil – y más aún en estos tiempos – encontrar a personas de este lado del mundo que conjuguen de modo tan espléndido las tijeras y el peine con la historia medio-oriental. En segundo lugar, podríamos suprimir la idea de que el dueño de esta “alta peluquería” nació y creció en este lado del mundo, y a cambio, asumir que se trata de un inmigrante iraní, que vino, aún siendo muy joven a realizar su sueño anhelado en estas tierras; de otro modo no tendría sentido que diga “El Golfo Pérsico”. Pero ¿entonces no es un hombre culto? Todo lo contrario, reafirma su nivel cultural. Puesto que sabe, y con acierto, que así como en Irán, en Perú hay también mucho “pelo que cortar”. De modo que, por donde usted lo mire, él, tiene eso que la sociedad culta suele llamar: “un nutrido bagaje de conocimientos”.

Lo malo es que en esos días, yo aún no tenía una cámara fotográfica, y ahora no hay evidencia que mostrar. No saben cuánto lo lamento.

De cualquier modo, eso existe, no estoy inventando nada; así como existen otros tantos avisos que igualmente son dignos de elogio. Y ahora, cámara  en mano, que de manera extraordinaria, casi mágica, detiene el tiempo con solo un flash, puedo darme el lujo de decir aquí está, esto es lo que encontré a mi paso:

estilista

Como es de comprender, este aviso también da espacio al aplauso. Podríamos empezar reconociendo que hay un refinamiento en el lenguaje. Un hablante común habría escrito: “se necesita un peluquero”; pero no. Y eso dice mucho del nivel cultural de este empleador. Y lo de “Ciudad de Dios” pues, imagino que fuera de aquí, en otros espacios de este universo infinito, igualmente no se puede prescindir de un “estilista”.

¿Habrá quién se anime a presentar su currículo?

No lo sé. Si yo no tuviera que escribir este texto, juro que presentaría el mío… No soy ni peluquero ni estilista; pero creo mucho en ese viejo refrán que dice, “echando a perder se aprende”, y no creo que tenga que echar mucho a perder antes de convertirme en “el mejor estilista de Ciudad de Dios”.

Pero, dejando un poco de lado a los peluqueros, no porque no me caigan bien, sino porque, sin darme cuenta creo que estoy hablando demasiado de estas personas que, con un peine y una tijera, son capaces de cambiarle el rostro a cualquiera, incluyendo el mío, y estoy descuidado otros aspectos de la publicidad que son tanto o más importantes. Pido excusas por ello.

El que vemos a continuación, por ejemplo:

caldo de gallina

En este caso particular, la pregunta ingenua que cualquiera podría hacerse, sería: ¿qué tienen en común una “Federación de Empleados Bancarios” con un caldo de gallina?

Pues bien. El caldo de gallina, dicho no por mí, sino por expertos en el campo de la medicina, tiene un valor terapéutico. Se sabe por ejemplo que Maimoniades, médico, rabino y teólogo, en el siglo XII  lo recomendaba a pacientes víctimas de infecciones respiratorias. Y en nuestros tiempos, aseguran que la ingestión del caldo de gallina ayuda con la descongestión nasal, la hidratación y el soporte nutricional; además, mejora el sistema inmune y digestivo, también produce un relajamiento psíquico causado por el acto de tomar el caldo.

¿Y quién dice que los empleados de esta federación no están al tanto de las propiedades de este plato casi milagroso? ¡Son empleados bancarios! Ellos saben mejor que cualquier otra persona, cómo es la movida económica, cómo pueden comer y prevenir enfermedades a la vez, y de paso, cómo ahorrar unos centavos. Lógicamente, hecho el milagro, la mejor manera de rendirle tributo a este plato, es tomar su nombre como rótulo de la federación, es decir, hay una lógica intencional, un modo de demostrar gratitud.

Otro de los anuncios que también merece nuestro reconocimiento, es el siguiente:

ingles japones

El día que lo encontré, justo en esta esquina, comprendí mejor que nunca, el significado de “mundo globalizado”, de las exigencias del mismo, y el ingenio de unos cuantos para contribuir y enfrentar sus desafíos.

Lo que nos están diciendo aquí, en mí modesto entender, es lo siguiente: no puedes con el “japonés”, pues aprende “inglés” y si no puedes con ninguno de los dos, puedes postularte para “costura”. ¿No les parece una genialidad? Claro, toda una propuesta para enfrentar al mundo de hoy.

Anuncios así, se encuentran en todas partes, en cualquier ciudad, solo hace falta tener una cámara en mano, para después mostrar y demostrar el ingenio, la creatividad de nuestros anunciantes.

Tengo muchos otros anuncios que mostrar, como ya lo había dicho antes. Pero no quiero parecer pretencioso. En todo caso, me gustaría dejar un solo ejemplo a disposición del público, y a ver quién se anima a decir algo. Quién lo haga, le ruego por favor, no olvide de compartir su comentario conmigo, se lo voy agradecer infinitamente:

arrosz

 

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